|
MADRES E HIJOS |
||||||||||||||||||||||||||||||||
|
MOTHER AND CHILD (2009, Edward Shermur)
Evaluados los resultados hasta la fecha no puede decirse que la integración de Edward Shearmur (Londres, 1966) al engranaje de la industria cinematográfica estadounidense con sede en California desde mediados la primera década del siglo XXI le haya comportado un despliegue creativo de alcance. Más bien todo lo prometedor que apuntaban sus primeros trabajos para el medio han ido diluyéndose en una serie de naderías que hacía irrelevante la aportación musical de Shearmur, prácticamente desplazado a puntear las imágenes de largometrajes colmadas de efectos sonoros y canciones a juego con los estilos imperantes. Al abordar las bandas sonoras de Crueles intenciones (1999), Los ángeles de Charlie (2000), Miss agente especial (2002) y Epic Movie (2007), entre otras, Shearmur parecía condenado a «vagar» por ese espacio musical incapaz de arraigar en producciones faltas de un sustrato narrativo sólido. El score de Madres e hijos viene, empero, a contrarrestar esta dinámica en la que se ha visto inmerso el londinense, facultando una sensibilidad musical que viene dictaminada por la cadencia de las imágenes filmadas por Rodrigo García, en idéntica predisposición por hacer viable una propuesta que nade a favor de la observación de la condición humana, como ya había hecho en Nueve vidas (2005). Para esta última, Shearmur había elaborado una partitura que se prolonga, en cierta manera, en su siguiente realizado por García. Editada por Varèse Sarabande, Mother & Child imprime su categoría en la aplicación de unas capas de calidez y de ternura —el alumbramiento de un ser humano con destino a ser dado o no en adopción planea constantemente en la película— sobre una superficie humana que Shearmur asocia con una cadencia al piano elegante y efectiva al mismo tiempo. La música del inglés opera justo en los momentos en que existe una demanda por hacer visibles o potenciar los sentimientos de unas mujeres que deben soportar el peso de un pasado que condiciona en grado sumo sus tomas de decisión. Shearmur trabaja con dos únicas líneas musicales, una vehiculada hacia las zonas más oscuras dominadas por el sentimiento de culpabilidad, vulnerabilidad y temor —notas más graves al piano se acentúan para tal propósito— y la otra que cabalga hacia el territorio de la esperanza que tiene mucho de liberador —las flautas entran en consonancia con la instrumentación de base—. No obstante, ambas parecen hermanarse con esos bloques sonoros característicos del estilo Thomas Newman, un arte minimalista que obedece a armónicos que excrutan en cada rincón del alma humana. Perfectamente dosificada en su exposición sobre las imágenes, por el contrario, en su escucha en el CD se puede tener la sensación de que la banda sonora de Shearmur incurre en un bucle musical del cual no parece poder desprenderse, siempre bajo la sombra de sospecha que el molde musical insinuado por Rodrigo García debía remitir a las composiciones abanderadas por Thomas Newman. Una opción que impide recrearse en escenas cargadas de brío
emocional como el que tiene lugar en la escena de la muerte de la madre de Karen (Annette Bening), para la que Seymour se vale del aporte del violín eléctrico sobre un fondo musical al piano con el propósito de subrayar el sentimiento de pérdida, de vacío en el fuero interno de una terapeuta instalada en la cincuentena. Música en forma de lamento que corrige al alza la fuerza expresiva de una partitura dominada de norte a sur por el trabajo creativo de cariz intimista a cargo de Shearmur. Incluso el tema Little One de Lucy Schwartz no es más que una mera concesión discográfica por cuanto ni tan siquiera lo escuchamos en los créditos iniciales o finales, sino que pertenece al ámbito de la música diegética casi imperceptible en el desarrollo del film (es la canción que la invidente Violet/Brittany Robinson escucha en su aparato de mp3 mientras trata de entablar conversación con Elizabeth/Naomi Watts) que ha brindado la oportunidad a Shearmur para escapar de ese círculo de fuego adornado de grandes producciones pero exento del menor aprecio por el papel dramático que debe ofrecer una banda sonora. Esperemos que Madres e hijos nos mueva a creer que Shearmur ha dado un paso en firme en su andadura profesional; si no definitivo, clarificador de un posible cambio de tendencia y de una voluntad más selectiva.• Christian Aguilera
|




























