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LA ÚLTIMA PELÍCULA DE LOS GRANDES MAESTROS |
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Autor: Luis López Varona.
221 pp. 17,0 x 24,0 cm. Incluye 2 pliegos
centrales en papel couché con 50 fotografías
Son muchos los directores de cine cuya última aportación al séptimo arte suscitó en su momento un interés especial al estrenarse de forma póstuma o bien vio crecer su estela después de la muerte de su creador. Algunas de ellas han pasado a la historia del cine como el testamento de un director que en realidad había concebido el film como uno más en su trayectoria —por ejemplo, Querelle (1982) en el caso de Rainer W. Fassbinder— mientras que en otros, el propio cineasta intuía su final durante el rodaje o en la sala de montaje —como Walt Disney en El libro de la selva (1966)—. Incluso en algunos casos, el cineasta había anunciado previamente que se trataría de su última obra. Sea por un motivo u otro, todas ellas han quedado como el epílogo de grandes directores que con ella se despidieron de la gran pantalla.
Luís López de Varona —que con su primer libro Camino hacia la gloria: las óperas primas de los grandes maestros (2006, T&B Editores)) analizó los inicios de algunos de los más grandes cineastas— realiza con La última película de los grandes maestros un itinerario por algunas películas elegidas concienzudamente por tratarse de auténticos testamentos de grandes directores de cine en las que encontramos un compendio de sus inquietudes artísticas o estilísticas. La selección incluye una treintena de títulos que abarcan un extenso período temporal comprendido entre 1929 (La reina Kelly) y 2003 (Saraband) y un abanico de directores tanto europeos como norteamericanos. López Varona se centra en el análisis de las circunstancias que en cada caso llevaron al director a enfrascarse en su última aventura cinematográfica, en la muerte del mismo y en la posterior andanza tanto comercial como crítica del film. Asimismo, en la última parte de cada capítulo, se analiza brevemente la última secuencia que el «maestro» legó a la posteridad.
Grandes directores norteamericanos
Quizás uno de los grandes colofones finales a una extensa carrera cinematográfica, fue el que en 1987 supuso nos brindó John Huston con Dublineses, adaptación de la narración de James Joyce Los muertos —perteneciente al conjunto de relatos bajo el título Dublineses de dónde se sacó el título para la versión española del film—. En una trayectoria plagada de grandes títulos —así como de grandes decepciones— el incansable cineasta nacionalizado irlandés mostró toda su delicadeza y lirismo en uno de los finales más tristes de la historia del cine. Entre
otros cineastas que se incluyen encontramos a Robert Rossen, que con el fracaso de Lilith (1964) vio mermada su salud y su estado anímico muriendo poco tiempo después del estreno de uno de sus filmes más arriesgados. O el curioso caso de Orson Welles, que murió sin poder terminar la que tenía que ser su obra más ambiciosa, The Other Side of the Wind y cuya última película resultó ser un curioso documental llamado Fraude (1973) sobre el falsificador Elmyr de Hory, curioso colofón para un artista que empezó a forjar su carisma tras engañar a medio país con la retransmisión por radio de una falsa invasión marciana basada en la novela La guerra de los mundos (1898) del escritor H. G. Welles. Otro de los filmes que se convirtieron en un auténtico testamento y que López Varona analiza en el presente tomo es Eyes Wide Shut (1999) del controvertido cineasta Stanley Kubrick, cuyo rodaje aún ostenta el récord de ser el más largo de la historia y que generó igual cantidad de elogios como de reproches. Kubrick no pudo ver estrenada su última película y murió antes de poder mezclar la banda sonora con su tema principal Musica ricercata nº 2 del compositor György Ligeti que confirió una atmósfera tremendamente perturbadora a las fascinantes e incómodas secuencias protagonizadas por Tom Cruise y Nicole Kidman.Cine francés y europeo
En el viejo continente ha sido donde la figura del autor cinematográfico ha sido más valorada como tal, y quizás por este motivo, gran parte de los filmes que encontramos en este estudio pertenecen a este territorio. La conjura de los boyardos (1958) tenía que ser la tercera parte de la trilogía sobre Iván el Terrible (1530-1584) que el gran estandarte del cine soviético, Sergei Eisenstein estaba llevando a cabo cuando la muerte le sobrevino en su escritorio, pudiendo narrar su muerte con la propia pluma que tenía en mano. El hecho de que Stalin se viera reflejado en la figura del despiadado emperador influyó sobremanera en que Eisenstein perdiera el favor del dictador soviético y se dificultara la financiación de su tercer film que finalmente no podría llevar a cabo. Eisenstein, que hasta el momento había conseguido la protección de Stalin —en un momento en Rusia en que nadie se encontraba a salvo de una posible extradición al Gulag— empezó a desfallecer ante la imposibilidad de volver a rodar y fruto de su depresión acabaría enclaustrado en su domicilio donde un infarto acabaría con su vida en 1948. Diez años después, La conjura de los boyardos fue estrenada incluyendo algunas
secuencias en color que Eisenstein ya había rodado para la tercera parte de la trilogía. La evasión (1960) supuso el final de la carrera de Jacques Becker y a la postre se convertiría en su film más reconocido. Sin embargo el propio Becker vio empeorar su salud durante la concepción del mismo y tuvo que ser su vástago Jean Becker —que a posteriori se convertiría en director— quien terminara el proyecto en la sala de montaje. Krzystof Kieslowski anunció que Tres colores: rojo (1994) sería la culminación de su carrera y no volvería a rodar, hecho que cumplió pues falleció prematuramente poco tiempo después. Además, López Varona analiza el devenir de filmes como Saraband (2003) de Ingmar Bergman, Historia del viento (1989) del documentalista francés Joris Ivens o la epopeya Érase una vez en América (1984) del director italiano Sergio Leone, todos ellos síntesis de las constantes temáticas de sus autores que supusieron el último canto de cisne de grandes directores. En un epílogo final, se incluyen otros títulos de grandes directores cuyo último film no supuso un ejercicio rapsodia o de despedida pero que concentran un innegable interés en sus propias filmografías. Resulta, pues, La última película de los grandes maestros un ejercicio de recuperación y recolección de películas que por motivos diversos han pasado premeditadamente o accidentalmente a la historia como el epílogo de algunos de los más grandes cineastas al mismo tiempo que supone un breve análisis de las circunstancias que propiciaron tal epíteto.•
Lluís Roy Gallart
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