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DEL LIBRO A LA PANTALLA: «LAS VIDAS PRIVADAS DE PIPPA LEE» |
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Editorial: Anagrama.
Autor: Rebecca Miller.
296 pp. 13,7 x 21,0 cm. Rústica.
No resulta un caso común el de la escritora Rebecca Miller, puesto que una vez publicada su novela Las vidas privadas de Pippa Lee ya empezó a preparar el guión cinematográfico que ella misma dirigiría para la gran pantalla. Estamos, por tanto, ante lo que podríamos considerar una obra que a priori tendría que manifestarse muy personal; más todavía si nos fijamos en el relato, ambientado en un entorno que podría mantener gran cantidad de puntos en común con la vida privada de su autora. Sin embargo, Rebecca Miller —hija del famoso dramaturgo Arthur Miller y de la fotógrafa Inge Morath— ha declarado que la presente historia pretende huir de toda implicación personal y que ningún personaje está basado en seres reales. Pippa Lee es ama de casa de mediana edad casada con un prestigioso editor octogenario, Herb. Viendo cercanos sus últimos días, éste le propone a Pippa que se trasladen a vivir a una urbanización para gente mayor y venderse todas sus pertenencias para dejarle el dinero a su mujer. Pippa acepta, pero al poco tiempo las cosas empiezan a torcerse. La pareja empieza a
distanciarse, Pippa no se encuentra cómoda en un entorno donde todos sus vecinos son mucho mayores que ella. Además, descubre que ha empezado a sufrir sonambulismo por lo que mientras duerme se dedica a todo aquello que no se atrevería a hacer despierta: atiborrarse de dulces, fumar... Asimismo, empieza a entablar una curiosa relación con el hijo de su vecina, Chris, del que su propia madre afirma eufemísticamente que le falta un «hervor». La novela estructura este caos argumental en tres partes muy claras que hacen referencia a la presentación, nudo y desenlace. Sin embargo, la particularidad estructural la encontramos en el hecho de que la parte correspondiente al desarrollo, sucede en flash-back, y sirve para que el lector conozca los hechos que han llegado a Pippa al estado actual de desorden en su vida privada, siendo además la fracción más larga del libro. Esta disposición se pretende trasladar parcialmente en la versión para la gran pantalla. Si bien la parte inicial sirve para presentar la situación actual, los flash backs en los que se explica la vida de Pippa Lee se van intercalando más paulatinamente mezclándolos con la narración en presente. Y precisamente este desorden en el montaje, da precisamente una sensación de narración un tanto caótica, como si la situación que emana Pippa en la ficción, se apoderara del ritmo de la película.
En líneas generales, todo aquello que convierte la novela de Rebecca Miller en un buen libro, con numerosos matices, grandes personajes secundarios y sobre todo la cohesión que va tomando todo el rompecabezas de personajes, situaciones y estados de ánimo a medida que van pasando las páginas; se vuelve anárquico y confuso en el montaje audiovisual. A la presumible carencia en descripción de personajes —hay que tener en cuenta que
, por ejemplo, la historia de Chris requiere un capítulo en el libro mientras en el filme casi ni se nos explica— se le suma la poca empatía que generan los personajes secundarios como Sam o los hijos de Pippa que quedan como simple decorado en esta historia que, a pesar del protagonismo de Pippa y de tratarse de su vida interior, requeriría un tratamiento mucho más coral a su alrededor. Keanu Reeves tampoco consigue emocionarnos con su composición desangelada de Chris, uno de los personajes que en la versión literaria va cobrando más peso hacia el desenlace y consigue despertar el interés del lector. La película dirigida por Rebecca Miller se queda, pues, a medio camino al aprovechar la gran cantidad de recursos que nos ofería la base literaria escrita por ella misma. No obstante, tampoco podemos pasar por alto algunos de los momentos brillantes que nos ofrecen sus imágenes que en varias ocasiones pecan en exceso de falta de personalidad. En especial destacan aquellos momentos en que la pareja formada por Robin Wright Penn y Alan Arkin (Pippa y Herb) se encuentran en pantalla. Ambos realizan una labor excepcional y consiguen trasladar al celuloide esta pareja formada por una ama de casa desorientada llegando a su madurez y un octogenario intelectualmente aún lúcido incapaz de aceptar la cercanía de sus últimos días. Sin embargo, es Wright Penn quien se amolda mejor en este rol de este personaje central, y consigue dotarlo de esta dosis suficiente de vitalidad combinada con un regusto amargo, consecuencia de una vida aciaga y desafortunada. Se nota pues, en esta adaptación, una falta de planificación a la hora de adaptar una buena historia y se demuestra otra vez que no toda buena novela debe garantizar el éxito al ser adaptada en un guión.•
Lluís Roy Gallart
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distanciarse, Pippa no se encuentra cómoda en un entorno donde todos sus vecinos son mucho mayores que ella. Además, descubre que ha empezado a sufrir sonambulismo por lo que mientras duerme se dedica a todo aquello que no se atrevería a hacer despierta: atiborrarse de dulces, fumar... Asimismo, empieza a entablar una curiosa relación con el hijo de su vecina, Chris, del que su propia madre afirma eufemísticamente que le falta un «hervor».