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The Invisible Ghost
(Titulo original)
   
    Director (es) : Joseph H. Lewis
    Año : 1941
    País (es) : USA
    Género : Fantástica
    Compañía productora : Banner Pictures/Monogram Pictures
    Productor (es) : Sam Katzman
    Guionista (s) : Helen Martin, Al Martin
    Fotografía : Marcel Le Picard
    Música : Johnny Lange, Lew Porter
    Montaje : Robert Golden
    Duración : 64 mn
   
     
    Béla Lugosi
Polly Ann Young
John McGuire
Clarence Muse
Jack Mulhall
Betty Compson
Fred Kelsey
Ernie Adams
George Pembroke
Terry Walker
   
   
    Movido por el recuerdo de su esposa Virginia, el que había sido su marido, Charles Kessler, se resiste a abandonar su hogar, una mansión situada en plena naturaleza, en una zona de difícil acceso. Pero en realidad su mujer no ha fallecido en un accidente de tráfico sino que habita en uno de los sótanos de una mansión que ha sufrido en los últimos tiempos una serie de asesinatos. Así pues, bajo la influencia de Virginia, Charles parece el principal responsable de los homicidios, actuando a través de un estado de hipnosis...
   
   
   

EL CASERÓN DE LAS SOMBRAS
 
Por Adrián Sánchez
Desde el presente tenemos la miope costumbre de pensar que eso del delirio es cosa de la posmodernidad y por ello el visionado de los «abracadabrantes» 64 minutos de The Invisible Ghost, esta pequeña joya trash de Joseph H. Lewis, no puede menos que dejarnos asombrados debido a su irrefrenable acumulación de absurdeces, disonancias y cambios de tono demenciales en general. En cualquier caso ,este tipo de producciones de ínfimo presupuesto al servicio de un divo caducado como resultaba ya el entrañable Béla Lugosi de 1941 estabba a la orden del día en aquel periodo durante el cual todavía funcionaban a buen ritmo productoras pequeñas como la Monogram, responsable de este The Invisible Ghost y prioritariamente especializada en la elaboración de seriales durante los 30, en particular westerns y una vez entrada en la década de los 40 de mayor variedad con el llamativo éxito del detective Charlie Chan. A estas alturas Joseph H. Lewis era un director altamente experimentado que había pulido su oficio en el infrapresupuesto desde mediados de los 30 facturando multitud de títulos, con especialización en el western, primero en la Universal, y luego en la Columbia. Con estas cualificaciones había desembarcado en Monogram en 1940 haciéndose rápidamente cargo de un terceto de películas para los «East Side Kids» (Boys of the City, That Gang of Mine y Pride of the Bowery, todas en fechadas en el 40), una especie de «Dead End Kids» del pobre con los cuales la modesta productora intentaba aprovecha el tirón de aquellos «ángeles con las caras sucias» que había puesto de moda la Warner a finales de la década anterior. Lewis maneja aquí, por tanto, unos recursos paupérrimos, un interprete amanerado fabricado en madera y un guión que no hay por donde cogerlo que se arrima, a su modo, a la fiebre psicoanalítica del periodo.
   Sin perder tiempo se nos presenta el escenario casi único, un caserón acogedor donde viven el viudo Dr. Charles Kessler) (Lugosi) y su hija Virginia (la hermosa morena Polly Ann Young, retirada tras este film para casarse y hermana de lo mucho más célebre Loretta Young) acompañados solo del servicio, un imperturbable mayordomo negro Evans, la nueva camarera, una rubia metomentodo, y el veterano jardinero. El film se abre con una escena ya extrañísima: Lugosi cena, vestido de gala, solo pero agasajando a una presencia invisible mientras es atendido con toda naturalidad por su mayordomo. Rápidamente se explica la circunstancia a través de la visita del sorprendido Ralph Dickson (John Maguire), novio de la joven que sirve como excusa para dar cuenta racional de tan peculiar ritual. En realidad todo es un homenaje anual a la esposa fallecida del Doctor, en principio nada más que una pequeña excentricidad nostálgica. Pero a partir de aquí las cosas se disparan. Sin solución de continuidad nos enteramos de que, en realidad, la mujer no está muerta sino que permanece oculta en la caseta del jardinero y que su desaparición fue producto de un nunca explicado accidente en compañía de un amante, a la sazón mejor amigo de Kessler. Por si esto fuera poco la muchacha rubia explosiva es, en verdad, la ex despechada del susodicho novio que está dispuesta qclo que sea. Ambos antiguos novios discute y él la amenaza (por ahí se introduce la jugosa posibilidad de que él no sea más que un arribista con pocos escrúpulos), oyéndolos Evans cuando se disponía a guardar el coche en el garaje. Como esta doble línea narrativa les parecía poco a los guionista Helen y Al Martin todavía introducen una nueva variable escorada hacía lo terrorífico, y es que la esposa perdida (y completamente enajenada) pasea cada noche en torno a su antigua casa y cada vez que su marido la ve desde los ventanales, su fantasmal presencia (que provoca uno de los momento más bellos del film: durante una noche de lluvia las manos intentarán estrangular el rostro tras el cristal biselado por las gotas que acaba de ver) le provoca un trance homicida del cual no recuerda nada a los pocos momentos. En uno de esto trances asesina a la joven sirvienta. A la mañana siguiente su cadáver es encontrado y todas las pistas apuntan al novio de Virgina, incluida una nota acusatoria revelando la verdadera relación entre él y la asesinada. Intervención mediante la policía, Ralph Dickson es detenido, juzgado, declarado culpable y ejecutado. A la mañana siguiente del fatal desenlace el timbre de la mansión vuelve a sonar; al abrir la puerta la viva imagen de Ralph espera en el quicio; es su hermano gemelo Paul dispuesto a aclararlo todo. Han pasado veintiún minutos de película, después se sucederán los crímenes, las apariciones de ultratumba, los diálogos absurdos y la cháchara pseudocinetífica. Una delicia.
¿Cómo logra entonces Lewis soslayar en los posible el material que tiene entre manos y mantener la película «viva»? En primer lugar, no dando tregua, no dejando que el espectador asimile un hecho plantándole otro encima de forma inmediata, y en segundo término jugando con cuatro o cinco elementos atmosféricos, desde la abstracción nocturna de los paseos de la esposa poseídos por un cierto hálito de poesía de ultratumba en clave pulp hasta una cámara ágil que se mueve lateralmente por el decorado sin respetar las paredes o con una planificación que, a veces, juega a la modernidad con la profundidad de campo y en otras ocasiones usa la mímica teatral de los intérpretes para sacar a relucir un cierto regusto primitivo, cercano al silente. Y, por supuesto, dejando a su star explayarse a gusto recurriendo a todos sus trucos escénicos, sin repara en el movimiento envarado del intérprete y fiándose de lo que todavía queda de su magia. Así le ofrece maravilloso primeros planos en los cuales esparcir malignidad, gestos subrayados y mímica crispada, le da sombras que lo recortan y un entorno acogedor, perfectamente reconocible como «lugosiano». Pero además, probablemente visto esto desde el presente con mayor claridad Lewis parece consciente de la misma inconsistencia del libreto y permite que el humor presente en diálogos y personajes (ese policía de perpetuo puro pagado que masca sus diálogos y que es un cliché andante) se extienda, imposible determinar hasta que punto esto fue premeditado o es una acción del tiempo, por todo el metraje hasta acercar le conjunto, unidad espacial incluida, a la escuela del horror humorístico que preside justificadamente esa maravilla que es El caserón de las sombras dirigida por James Whale en 1932.•
   
       
   

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