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Una partida de campo
Une partie de campagne
     
    Director (es) : Jean Renoir
    Año : 1936
    País (es) : FRA
    Género : Comedia
    Compañía productora : Pantheón Productions
    Productor (es) : Pierre Braunberger
    Compañía distribuidora : Alta Classics
    Guionista (s) : Jean Renoir
    Guión basado en : el relato homónimo de Guy de Maupassant
    Fotografía : Claude Renoir, Jean Bourgoin
    Música : Joseph Kosma
    Montaje : Marguerite Houllé-Renoir, Marinette Cadix
    Sonido : Jo de Bretagne
    Ayudante (s) de dirección : Jean Paul Le Chanois, Jacques Becker, Henri Cartier-Bresson,Luchino Visconti, Jacques Bernard Brunius, Yves Allégret, Claude Heyman
    Duración : 40 mn
   
     
    Sylvia Bataille
Georges Darnoux
Gabriello
Jean Renoir
Pierre Lestringuez
Gabrielle Fontane
Marguerite Houlleé-Renoir
Paul Temps
Jane Marken
Jacques-Bernard Brunius
   
   
    El Sr. Lufour y su familia van a pasar el domingo al campo en el coche de su amigo el lechero. La familia come sobre la hierba y después un chico llamado Henri se las ingenia para llevar de paseo a Henriette, la hija de Lufour. Pasan los años Henriette se casa con el dependiente Anatole. Un domingo se encuentra con Henri en el mismo paraje en que celebraron su idilio y rememoran aquella tarde, mientras su marido dormido hace la siesta.
   
     
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Características DVD: Contenidos: 
Menús interactivos / Acceso directo a escenas / Documental Un rodaje en el campo. Formato: Full Screen , 4:3. Idiomas: Castellano y Francés. Subtítulos: Castellano. Duración: 39 mn. Distribuidora: Filmax.
   
     
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Editorial: Mondadori.
Colección: Grandes Clásicos.
Autor: Guy de Maupassant.
Fecha de publicación: noviembre de 2008.
1261 pp. 14,5 x 22,0 cm. Tapa dura con sobrecubierta.
COMENTARIO (Por Christian Aguilera): La reciente edición de Cuentos esenciales de Guy de Maupassant (1850-1893), a cargo de Mondadori y con traducción de José Ramón Monreal, puede catalogarse sin ambages como un acontecimiento literario de primera magnitud. Lo es por muy distintos motivos, pero el principal la iniciativa de compilar casi un centenar de cuentos y relatos cortos de uno de los grandes nombres no tan sólo de la literatura francesa sino mundial del siglo XIX. Numerosas han sido las traducciones al castellano de cuentos y  novelas de Guy de Mauspassant, pero ninguna hasta la fecha alcanza la categoría de esta edición cuidada hasta el extremo de insertar a lo largo de su más de un millar de páginas auténticas piezas maestras en forma de ilustraciones en color firmadas por Ana Juan. Con esta publicación se pone, pues, al servicio del lector una obra que cubre una docena de años (1879-1891) de frenética actividad profesional para el escritor francés. Aproximadamente representa un tercio del legado literario de Guy de Maupassant en formato de cuentos y relatos cortos, la mayoría de los cuales no sobrepasan la quincena o veintena de páginas. Pero, a pesar de alguna que otra ausencia significativa en este género literario, Cuentos esenciales comprende gran parte de los mejores escritos de un autor a quien se le ha asociado generalmente con otro autor del XIX: Edgar Allan Poe (1809-1849). No obstante, René Albert Guy de Maupassant, nacido en Dieppe —una localidad que con el tiempo se ha consolidado como su origen real «oficioso»—, tuvo en Gustave Flaubert su protector e inspirador. Él le introdujo en el denominado «grupo Médan», una especie de círculo literario exclusivo que aglutinaba en su seno nombres tan distinguidos como Emile Zola o Paul Alexis, entre otros. Merced al impulso creativo de éstos nació la obra coral Las veladas de Médan, que incluiría entre sus relatos Bola de sebo (1880), la segunda de las obras que aparecen impresas en Cuentos esenciales. Con una extensión superior a la media de sus relatos —unas sesenta páginas—, Guy de Maupassant, hasta entonces situado en la retaguardia literaria del «grupo Médan», demostró sus hechuras de escritor con un estilo limpio, natural, sin florituras, incapaz de hacerse demasiado complejo a los ojos de un amplio sector del público lector. De ahí que escalara posiciones entre los escritores que más vendían en la Francia de finales del siglo XIX, ávidos por saber de primera mano sobre historias relativas a la guerra franco-prusiana —él combatió en la misma en sus años de juventud— pero asimismo de relatos relativos a la pequeña burguesía y obras de una carga de raíz sobrenatural similar a la de Poe.
    Al tiempo que heredaba su pasión por las mujeres y se hacía un hueco en calidad de cronista de su tiempo en las páginas de Le Gaulois o Le Figaro, Guy de Maupassant cultivaba con una cierta displicencia el género que le granjearía fama a escala mundial. Pero al cumplir los cuarenta años, el escritor galo intuía que su final se acercaba debido a la enfermedad —la sífilis— que arrastraría desde temprana edad, y por cuestiones que aún se desconocen a ciencia cierta, derivaría en un progresivo deterioro mental. Se ha especulado sobre el tipo de enfermedad neurológica que le sobrevino por aquellas fechas, aunque lo único que acabaría certificándose fue su deceso en 1893 en París, un año y medio después de su tentativa de suicidio de la que se libró in extremis. Cuentos esenciales recoge uno de los últimos testimonios escritos por Guy de Maupassant, Las sepulcrales (1891), editado al poco de ver la luz de la que sería su quinta y última novela, Nuestro corazón (1890). Sin embargo, no lograría el número de ventas de Bel-Ami (1885), una obra imprescindible dentro de la tradición europea que aborda el tema del arribismo social.
 
Una pléyade de adaptaciones para el cine
 
   La muerte de Guy de Maupassant estuvo a punto de coincidir con el alumbramiento del cinematógrafo, muy próximo al barrio de Montparnasse donde recibiría cristiana sepultura. Dos años le separarían de este evento cultural. Numerosas producciones acabarían beneficiándose del vasto legado literario de Guy de Maupassant, si bien trascenderían mucho más las adaptaciones cinematográficas de Poe. Cuentos esenciales ofrece algunos de los delicatessen que pueden evaluarse como el «núcleo duro» de esas adaptaciones nacidas a partir de textos escritos por el primogénito de Gustave de Maupassant. En realidad, la que procuraría mayores réditos a los herederos de Guy de Maupassant sería Bel Ami con un total de cinco obras para cine —la más célebre, The Private Affairs of Bel Ami, protagonizada por George Sanders en 1947 con dirección de Albert Lewin—, dos para televisión y un par de miniseries. Pero fuera de este registro impresionante, destaca la versión para la gran pantalla de Una partida de campo (1881) en el debe de Jean Renoir; permanece el retrato de la hipocresía de la alta sociedad en Mademoiselle Fifi, que sirvió como uno de los primeros ejercicios tras las cámaras del ex montador Robert Wise; los tres relatos que nutrieron el sustrato argumental de Le plaisir (1952) de Max Ophüls —en el presente volumen se recoge tan sólo el primero de ellos, La casa Tellier (1881)— y El horla, acaso uno de sus trabajos más notables que gozaría de su paso al celuloide en un cortometraje fechado a mediados los años sesenta. Un buen número de los relatos de Guy de Maupassant obtuvieron carta de naturaleza en el cine como cortos y otros tantos inspiraron, aunque sin acreditar, largometrajes que se revelan hoy en día conocidos a través de la prestancia de sus directores. Me refiero a La mano (1883) que, al margen de un corto francés localizado en el periodo silente, el novelista Marc Brandell haría pasar como propia una idea que se transfiguraría en película con un advenedizo Oliver Stone en tareas de realización. Más difusa se sitúa la influencia de El albergue (1886), al que algunas fuentes apuntan que Stephen King tuvo en consideración a la hora de dar forma a una de sus más reputadas novelas, El resplandor (1977). Aunque el título podría haber sido tomado de una expresión que Guy de Maupassant utiliza en el relato, todo parece indicar que King y, a la postre, Stanley Kubrick en su singular adaptación homónima, deberían rendir cuentas especialmente a El hotel azul (1899) de Stephen Crane (1871-1900), otro escritor muerto prematuramente. En ambos casos, siempre quedará la duda sobre el verdadero alcance de un talento creativo que se quedaría a medio camino. De todas formas, podemos colegir que Guy de Maupassant, en función de su prolífica actividad literaria —comparable a la de Edgar Allan Poe, mucho más frecuentado en el celuloide como advertimos anteriormente—, deviene una fuente aún por explotar, en especial por lo que concierne a una etapa final poblada de relatos de cariz sobrenatural que apuntan hacia su desequilibrio mental y que están ampliamente representados —Un loco (1885), La muerta (1887), la citada El horla (1886-1887) o ¿Quíén sabe? (1890), entre otras— en esta obra maestra, tanto por contenido como por forma, que está a nuestro alcance gracias al sello Mondadori dentro de su excelsa colección «Grandes clásicos».•
   
       
   

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