| |
|
Figura recurrente de las producciones referidas al ámbito de la investigación criminal o del mundo del hampa del último tercio del siglo XX y de los albores del siglo XXI, Harvey Keitel se ha posicionado indistintamente a ambos «lados» de la ley. Por una parte, Keitel ha ofrecido un amplio abanico de «tipos» del estamento policial (Teniente corrupto, Clockers (camellos), Cop Land, Thelma y Louise, Pensamientos mortales, El dragón rojo, etc.), mientras que por otra parte ha ejercido de malhechor, delincuente, proxeneta o mafioso (Malas calles, Taxi Driver, Reservoir Dogs o Bugsy, en el papel de Mickey Cohen, que le valdría sendas nominaciones al Oscar y al Globo de Oro). Asimismo, Harvey Keitel comparte con Robert De Niro una similar formación en el Actor’s Studio y el hecho de haber obtenido un notable crédito internacional a raíz de su asociación con el realizador italoamericano Martin Scorsese. Sórdidos y al mismo tiempo evocadores retratos urbanos de la megápolis neoyorquina, focalizado en ambientes marginales, auténticos guettos para inmigrantes (Who’s That Knocking at My Door?, Street Scenes, Malas calles, Taxi Driver) que servirían de caldo de cultivo para prácticas delictivas a una generación de jóvenes que adquirirían en la gran pantalla la fisonomía de De Niro y del propio Keitel. De la arquitectura un tanto naïff y semiamateur de la que hacían acopio los mediometrajes y los primeros largometrajes rodados por Scorsese, se pasaría a una categoría «A» con Taxi Driver, en la que tanto Robert De Niro como Harvey Keitel ofrecen una perfecta lectura de unos personajes urbanos desarraigados –el ex combatiente Travis Bickle y el proxeneta Spot, respectivamente— perfectamente delimitados y definidos en el guión servido por Paul Schrader, que les procuraría su definitiva consolidación en el panorama internacional, refrendada en el caso del intérprete de Brooklyn, con su composición del teniente Gabriel Feraud en Los duelistas, adaptación de la obra homónima de Joseph Conrad. En aras a rentabilizar y potenciar la «mitología» creada en torno a uno de los títulos de culto fundamentales de los años setenta, Taxi Driver, Harvey Keitel ha seguido fiel a esta línea de personajes enrraizados en el submundo de la marginación, de la prostitución y de las drogas, donde las líneas que separan lo moral de lo inmoral resultan casi imperceptibles –en especial, servidas bajo el prisma de Abel Ferrara (Teniente corrupto, Dangerous Game) y de Quentin Tarantino (Reservoir Dogs, Pulp Fiction)— y que no necesariamente se deben a una estructura típicamente de thriller sino que también atiende al concepto de drama cotidiano, como acontece en el díptico Smoke y Blue in the Face, y Lulu On the Bridge, todas éstas surgidas a partir de sendos relatos firmados por Paul Auster. Historias enmarcadas dentro del cine independiente norteamericano que han valido a Keitel el honor de ser uno de sus más asiduos moradores. Una postura, empero, que se contradice con sus intermitentes gestos de aceptación de las reglas del juego perpretradas por la industria estadounidente, al participar en proyectos de claro calado comercial --Sol naciente, La asesina, Sister Act, etc.--, preferentemente a lo largo de la primera mitad de los años noventa, para posteriormente iniciar un periplo –sobre todo a partir del éxito logrado con El piano-- por distintas cinematografías –la australiana (Holy Smoke), la argentina (Nowhere), la francesa (Je viens après la plucie) y la griega (La mirada de Ulises, en la que susstituyó al finado Gian Maria Volonté, nombre fundamental del cine italiano, donde actor neoyorquino encontraría acomodo en los años setenta y ochenta), entre otras. A tenor de la dinámica que ha tomado en los últimos años su trayectoria profesional sin atender a fronteras lingüísticas o geográficas de ningún tipo, Harvey Keitel parece haber emprendido un «punto sin retorno», tal como reza uno de los títulos originales de su vasta filmografía –a razón de una media de tres producciones anuales--, que han convertido a este menudo y locuaz actor norteamericano de mirada indefinida, en un rostro habitual, casi familiar y, en definitiva, en un secundario de lujo –amén de algunos esporádicos primeros papeles— del cine mundial. |