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EL HOMBRE LOBO (2010) |
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THE WOLFMAN (2010, Danny Elfman)
Todos aquellos que hayan seguido con menor o mayor grado la andadura profesional de Danny Elfman (1953, Los Ángeles) en la escena cinematográfica pueden dar fe de la idoneidad del compositor californiano para colocarse al frente de producciones de fisonomía gótica. Ecos de un cine del pasado que, de tanto en cuanto, nos obsequia el neo-Hollywood merced a la argumentación de desenterrar mitos que atañen al espectro, entre otros, del vampirismo o de la licantropía. En este segundo caso se sitúa el núcleo narrativo de The Wolfman, cuya partitura demandaba de la participación de Elfman. Pero estuvo en un trance de pasar a mejor vida el concurso de éste si los productores hubieran aceptado el score firmado por Paul Haslinger, ex miembro de la formación germana Tangerine Dream, consagrada a la música electrónica en sus fases embrionarias y las que estarían por llegar. Elfman, de hecho, había sido la primera opción; sin embargo, su comentario musical escapaba del anhelo de productores por dar un aire más sofisticado a una propuesta que parecía pender en el hilo de la incertidumbre durante su fase de preproducción, rodaje y postproducción. Entiendo que el montaje con la composición de Haslinger no hizo más que acrecentar la zozobra entre los encargados de la producción de The Wolfman, quienes debieron rectificar y volver a llamar a Elfman para que trabajara en la etapa de edición de esta nueva vuelta de tuerca sobre el mito de licantropía. Conociendo los antecedentes de Joe Johnston —el director que había substituido al inicialmente previsto Mark Romanek—, sería más que probable que planteara sobre la mesa los nombres de James Newton Howard o James Horner, con los que había colaborado —este último en cuatro ocasiones— ante la imposibilidad de Elfman por comprometerse una vez más con el proyecto, ya en su recta final. Pero ninguno de los dos «James» pareció estar disponible y, por tanto, se decidió por una solución salomónica que pasaría por servirse del score escrito por Elfman y, a la par, requerir de los servicios del orquestador y compositor Conrad Pope para escribir algunos cortes de música incidental que se acoplarían de forma definitiva al montaje que se debía proyectar en la gran pantalla.Hammer «revisited»
Valga este preámbulo para dejar constancia de este auténtico galimatías experimentado a lo largo de la producción de The Wolfman. Con todos estos handicaps de partida, quizás podría resultar un camino fácil argüir que Elfman arroja un balance netamente negativo con su composición para El hombre lobo. No obstante, la historia que acontece a finales del siglo XIX en Inglaterra, es decir, en plena época victoriana, resulta demasiado cercana al espíritu elfmaniano como para mostrarse resuelto a juzgar a la baja un trabajo que le situaría nuevamente sobre los pasos de Sleepy Hollow (1999). Una oportunidad que, a pesar de todo lo expuesto, Elfman conserva en ámbar las esencias de una composición que destila esa mezcla de solemnidad y opulencia orquestal tan propia a su temperamento creativo. Desarrollos abigarrados que se plasman en el pentagrama en aras a dar hondura dramática al personaje de Lawrence Talbot (Benicio del Toro), aquella que
acompaña a su soledad, la que muestra una figura errante incapaz de dominar a su alter ego «demoníaco». En este sentido, The Wolfman participa de un planteamiento netamente deudor de los usos y costumbres de las producciones Hammer, en las que la música cubre gran parte de los flancos del metraje, transitando entre los espacios de sosiego —la agrupación de violines y celos favorecen esa percepción intimista del relato— y los de un vigor orquestal redoblado cuando entran en acción padre —Sir John (Anthony Hopkins)— e hijo —Lawrence— en un duelo que se corresponde con el punto climático del mismo. No faltan esas voces corales femeninas tan solícitas en la obra de Elfman para dar un enfoque más grandilocuente al conjunto, pero quizás su percepción haya sido menor por cuanto la atención a menudo se descansa en una cadencia musical que opera como leit motiv, pareja a esas notas concebidas por el genio de Wojciech Kilar en Drácula de Bram Stoker (1992), otra nueva revisitación en época contemporánea de los mitos que jalonan el universo fantástico. Presumiblemente debido a imperativos de producción —la práctica de los temp-tracks están a la orden del día más que nunca—, la partitura de The Wolfman pueda quedar relegada a la condición de composición subsidiaria de la partitura del maestro polaco, pero para el que esto suscribe una indagación más atenta saca a la superficie una banda sonora perfectamente ubicada en las coordenadas en las que Elfman mejor se ha sentido y se siente. No en vano, el músico angelino se ha convertido en uno de los «herederos» de esas composiciones de raigambre hammeriana que años a habían sido el «Sangri-Lá» para los amantes del terror gótico.•
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