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LA BANDA SONORA DEL MES: «SHREK, FELICES PARA SIEMPRE» |
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SHREK FOREVER AFTER (2010, Harry Gregson-Williams)
Varèse Sarabande 302 067 024 2, 2010
Al reparar en el tema de obertura de la banda sonora de Shrek, felices para siempre, Harry Gregson-Williams parece «jugar» con la idea del «homenaje», en esta caso, orillando la tradición musical patria como había hecho en Shrek Tercero (2007) para decantarse por la «apropiación» de algunas notas características del trabajo de su colega Howard Shore en El señor de los anillos (2001). Estrenada a la par que la primera entrega sobre la versión cinematográfica de la obra magna de J. R. R Tolkien, Shrek se ha convertido en una de las franquicias más rentables de la primera década del siglo XXI con el denominador común de contar con textos musicales escritos por Harry Gregson-Williams. Tan sólo en el film seminal, el mayor de los hermanos Gregson-Williams encontraría respaldo creativo en John Powell, quien a partir de entonces dedicaría sus esfuerzos a labrarse una trayectoria profesional saldada hasta la fecha con un balance algo por debajo de lo esperado. En cambio, Harry Gregson-Williams ha evidenciado a lo largo de la pasada década su inquebrantable voluntad por tomar el relevo de los compositores sinfónicos angloamericanos, aunque haya debido completar sus mejores scores en el ámbito de una serie de producciones de marcado (en apariencia) perfil infantil y/o adolescente, ya sea a través de la animación digital parcial —las dos primeras entregas de Las crónicas de Narnia— o total —el póker de producciones de Shrek—. Paradojas del sistema de producción cinematográfico actual que permite a compositores como Gregson-Williams explayarse en desarrollos sinfónicos en films del sesgo de Shrek pero, por el contrario, se ven forzados a construir sus scores para títulos de un perfil más «adulto» sobre bases de sintetizadores que evidentemente le restan potencial creativo. Dos líneas compositivas son las que principian la esencia de la banda sonora de Shrek, felices para siempre. En primer lugar, el autor inglés se mueve sobre registros melódicos que se van modulando en la medida que se dosifican esas notas al piano, las flautas y ciertos fraseos a la guitarra que aportan calidez al personaje del ogro de color guisante, en correspondencia con su estado civil —casado y padre de una criatura— y un entorno de gozosa felicidad. Sin abandonar esta perspectiva melódica, el británico regresa al concepto de vals que ya había adquirido un desarrollo musical en paralelo en los primeros «Shrek». En buena lid, en manos de los responsables d
e la franquicia, las «sombras» de la historia vienen pautadas por un pasado que pretende perpetuarse en el presente. De ahí que la segunda línea compositiva haga referencia explícita al personaje de Rumpel y de su séquito —instalados, todos ellos, en un majestuoso castillo poblado de torreones—, para el que Harry Gregson-Williams asigna un tema con sus correspondientes variaciones evaluado en la combinación de percusión, violines, trompetas y trombones que se ofrecen como un signo de vuelta al pretérito, a unos tiempos en que conocimos las andanzas de un ogro capaz de «honrar» a su nombre. Como suele ser moneda común en Harry Gregson-Williams los cambios abruptos de tono y ritmo delimitan unos modos compositivos que abundan en la idea de leer a los personajes desde sus respectivos estados emocionales y no tanto en la adjudicación de una instrumentación o timbres orquestales que los definan en el pentagrama. Por consiguiente, esas franjas compositivas apuntadas, a menudo se solapan, se yuxtaponen en un discurso musical que se eleva en la parte final del metraje —cuando el sentido épico gana terreno— para dejar, en forma de coda, constancia nuevamente de un «homenaje» que asimismo puede interpretarse en clave de sugerir que el autor de los scores de Shrek hubiera sido un firme candidato a la hora de llevar la batuta de la partitura de Lord of the Rings.•
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