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EL ANTIGUO EGIPTO EN EL CINE |
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Colección: Cine-Historia.
Autor: Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache
y Jorge Alonso Menéndez.
320 pp. 17,0 x 24,0 cm. Incluye 2 pliegos
El Antiguo Egipto en el cine viene a sumarse a otros dos títulos, La Edad Media en el cine (2007) y La antigua Roma en el cine (2008), en lo que por ahora es una trilogía de volúmenes de cine histórico de voluntad divulgativa con penchant por la antigüedad y las brumas medievales. Trilogía que es obra a su vez de un terceto de autores, Juan J. Alonso, Jorge Alonso y Enrique A. Mastache, quienes en sus precedentes trabajos ya demostraron sobradamente amplios conocimientos históricos y un nivel de cinefilia tan erudita como infatigable, incapaz de desmoralizarse ante determinados subproductos, a los que prestan idéntica atención que a los títulos prestigiosos pues todo les es conveniente a la hora de hablar de la historia, de las circunstancias de producción de toda cinta, y aun de las fidelidades o no en la puesta en escena de la época y en el tratamiento de los hechos y personajes en las mismas.
Las parcelas históricas elegidas hasta ahora son las de un subgénero cinematográfico de raigambre histórica tan viejo como el mismo cine, un cine generalmente con voluntad popular y por tanto comercial, con las convenientes dosis de maravilla, espectacularidad, épica y lírica, drama y tragedia que tanto contribuyen a la emoción de un espectador presto a impresionarse y a priori no exactamente dado tanto a pormenorizaciones y exactitudes históricas como a encontrarse con la infinidad de tópicos y preconcepciones que ya conoce. Éstas no provienen sólo por las convenciones del género, sorprendentemente transferidas de
generación en generación, sino por las mismas inexactitudes intencionadas o simplemente no revisadas o ignoradas, amen de maldades de otra naturaleza, surgidas del mismo background social a cuya concepción mental tanto se ha contribuido desde una escuela y unos libros de texto otrora y quizá aun ahora cuestionables, pasando por la iglesia católica con intereses muy específicos, hasta llegar al mismo poder, cuya carta de intenciones siempre estará clara. Sorprende que determinado revisionismo histórico, determinadas revelaciones que la supuesta ciencia histórica ha ido desvelando, aupada por un clima de unas décadas a esta parte dado a favorecer la destrucción del tópico y a ahondar en lo auténtico, haya incidido tan poco en el cine, quien si acaso ha adoptado como único reflejo de penetración de esos nuevos ojos del historiador, una tendencia al hiperrealismo y a la explicitud visual en campos más abonados para los instintos primarios que para el análisis racional de lo sociopolítico y económico. Sin embargo, la espléndida introducción del libro que nos ocupa defiende, y con razón (viniendo de filósofos e historiadores como son sus autores, no deja de ser significativo) que la valoración de estos filmes nunca debe hacerse desde la exigencia a la exactitud histórica, aunque ello no es óbice, insisten, para que se agradezca todo detalle y precisión. Y es verdad que lo estrictamente cinematográfico, lo narrativo, importa más que cualquier otra cosa para que la cinta funcione. La naturaleza del medio está por encima de la ciencia que presta sus contenidos, en este caso la historia. Los autores nos hacen reparar en una verdad cierta que destacan Julio Montero y Araceli Rodríguez: tampoco la escultura, la pintura, y la literatura del pasado han sido rigurosas con los hechos. ¿Por qué ha de serlo el cine? Además, los mismos hechos históricos, incluso los más recientes, están llenos de conjeturas y especulaciones, interpretaciones y reinterpretaciones. La misma historia no es una ciencia exacta, pero si viva y mutante, evoluciona constantemente a la luz de nuevos documentos, descubrimientos, ideas y enfoques. Es pues una materia impregnada de subjetivismo y parcialidad. El Antiguo Egipto en el cine es un libro rabiosamente cinéfilo de tres autores a quienes ya sabemos enamorados por lo antiguo. Si además se confiesan devotos de Terenci Moix, entonces se entiende que también se dejan llevar por lo brumoso, lo sensual, lo legendario, lo mítico de un tiempo pasado cuyo legado espectacular (y botón de muestra son los templos romanos o egipcios, o las mismas catedrales y las pirámides) antes invita al ensueño y a la navegación de la imaginación que a las terribles miserias que de seguro la humanidad conoció en unos años que en el caso de Egipto son de imposible cálculo exacto. No decimos nada nuevo si destacamos del libro un redactado ameno, casi absorbente, que invita a no abandonar la lectura por las múltiples y a menudo jugosas informaciones tanto de la producción de los filmes, como de las eruditas consideraciones históricas que evidencian las tergiversaciones sin ánimo de crítica (un aspecto que siempre hemos valorado muy positivamente en estos autores). El cinéfilo y el amante de la historia van a disfrutar por igual. También percibimos, por contraposición al volumen sobre el cine de romanos, una reducción de vocablos y expresiones de excesiva raigambre populachera, próximos al argot de uso común en las calles. Hay un campechanismo más mesurado que, dada la seriedad de la materia, es preferible si, al parecer, no hay indicios de querer prescindir de tal recurso. Como en los anteriores volúmenes, siguen un orden cronológico de la historia, esto es, no es el año de producción lo que importa, sino de las fechas históricas en que se enmarca lo narrado.
Los autores informan que han tenido en cuenta los cuatro tipos en que Sergi Vich categoriza las películas sobre Egipto: a) las inspiradas en situaciones concretas de la civilización faraónica; b) las que proceden de determinados episodios bíblicos en que los egipcios toman parte, pese a ser los judíos los protagonistas; c) las que giran en torno a Cleopatra, Julio Cesar y/o marco Antonio; y d) las que usan el universo faraónico como manto enigmático que afecta una historia que acontece en tiempos muy posteriores.
A diferencia de La antigua Roma en el cine, en que los autores advertían era «un homenaje a las viejas películas que veíamos en los gallineros» es decir, donde se prestaba casi exclusiva atención a ese cine italiano y hollywoodiense, o hollywoodiense hecho en Italia, quedando marginados títulos como el Satyricon-Fellini (1969), El Evangelio según San Mateo (1964) de Pier Paolo Passolini o La última tentación de Cristo (1988) de Martin Scorsese, el presente volumen tiene mayor ambición, es más exhaustivo, extremo ya perceptible desde el momento en que si bien se atiende grandes colossales como Tierra de faraones (1955), Los Diez Mandamientos (1956) o Cleopatra (1963), asimismo es objeto de análisis un título de culto, imprescindible, como el polaco Faraón (1970), del gran Kawalerowicz, cineasta que, por cierto, en sus postrimerías realizó una versión polaca nada desdeñable de Quo Vadis (1951), igual de espectacular que aquel film egipcio sobre un faraón inexistente que, no obstante ello, acaso sea el film de este género de puesta en escena más fiel a lo histórico. Se atienden tanto los subproductos como El despertar de la momia, y recientes títulos como Ágora (2009) o la trilogía de La Momia, con el actor Brendan Fraser, como también el clásico de Boris Karloff y aun el muy relativo remake de la Hammer con Christopher Lee. No faltan la Cleopatra (1934) con
Claudette Colbert, por no mencionar César y Cleopatra (1945) o Marco Antonio y Cleopatra (1972), y hasta los fims de Astérix y Obelix, o la Nerfertiti, la Reina del Nilo (1962), de Fernando Cerchio, y colateralidades como El secreto de la pirámide (1985) e incluso disparates como Stargate (1994); otros títulos atendidos son El despertar (1980), Sinuhé el egipcio (1954), El valle de los Reyes (1954) o En busca del arca perdida (1981). De todos estos títulos y de muchísimos otros se da buena cuenta en todos los ámbitos referenciados. El connesseur descubrirá aquí y allá que falta algún título —estamos ante el típico tema que cuando se decide tirar del hilo se percibe el abismo oculto que subyace debajo de la investigación—. Al no haber un índice de títulos, extremo que se echa en falta, le toca al lector descubrir las omisiones a lo largo de la lectura, pero ello no va en detrimento de un volumen satisfactorio en muchos sentidos. Lo que sí hay es una bibliografía del todo impresionante ordenada por temáticas diversas tanto del ámbito histórico como cinematográfico, y un cuerpo de notas finales igual de jugoso que el texto propiamente dicho. Para finalizar, las fotografías que ilustran el libro, como es habitual en T&B editores, son de muy buena calidad.•
Ignasi Juliachs
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Claudette Colbert