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DEL LIBRO A LA PANTALLA: «LA PLAGA DE LOS ZOMBIS Y OTRAS HISTORIAS DE MUERTOS VIVIENTES» |
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Editorial: Valdemar.
Colección: Gótica nº 78.
Autores: VV. AA.
Fecha de publicación: mayo de 2010.
En un momento en que el mercado editorial parecía que no podía degenerar más en su intento de colapsar las librerías de novelas y recopilaciones de cuentos con muertos revividos y variantes varias de zombis dispuestos a zamparse al lector poco precavido con unos productos que mayoritariamente nada tienen que ver con la literatura y gracias a los cuales hemos descubierto, por ejemplo, que las protagonistas femeninas de las novelas de Jane Austen aparte de preocuparse por encontrar marido lo más pronto posible debían permanecer atentas a no sucumbir a los mordiscos de estas criaturas o que Lazarillo de Tormes era un implacable exterminador de estos seres de ultratumba, no podía faltar la contribución al tema de la estupenda colección gótica de la editorial Valdemar. Y la aportación de dicha editorial se ha materializado en una antología de relatos que, como otras ofrecidas por la misma colección con momias o vampiros tanto masculinos como femeninos de por medio, pretende abarcar la figura del muerto viviente en la literatura desde sus inicios hasta la actualidad.
El producto resultante parte tanto con una ventaja como con un inconveniente. La ventaja es que como suele ser habitual en la editorial y en concreto en la colección gótica, la edición está cuidadísima y en ella no se ha caído en la tentación de incluir sólo relatos de autores más recientes con sus zombis antropófagos siempre prestos a desencadenar orgías caníbales para gozo de los fans de los muertos vivientes puestos de moda por George A. Romero, sino que se ha preocupado por ofrecer, como he dicho, un panorama de la evolución de la figura del muerto vuelto de la tumba desde sus orígenes, ceñidos a las supersticiones ligadas con el culto al vudú practicado en Haití y sus muertos vivientes esclavizados en las plantaciones de caña de azúcar, hasta aquellos relatos más deudores de los patrones popularizados por La noche de los muertos vivientes (1968), pasando por su evolución a través de las revistas pulp de los años 20, 30 y 40 del pasado siglo y las historias publicadas en los 50 por la editorial E.C. Comics en colecciones como Tales from the Crypt o The Vault of Terror en donde se aprecia la mutación del personaje, que si bien aún conserva inicialmente el carácter de criatura vaciada de autonomía con la finalidad de ser explotada en tareas agrarias (si bien trasladando el escenario al de la América profunda) ya empieza a mostrar síntomas de la transformación que lo llevará a convertirse en décadas posteriores en el icono actualmente popularizado, primero presentándose como una criatura en avanzado proceso de descomposición vuelta de más allá de la muerte para vengar las ofensas sufridas en vida que le llevaron a la tumba y, progresivamente, como miembro integrante de una horda de seres prácticamente indestructibles que no responden a más estímulo que el que les produce el hambre. Por si no fuera poco todo ello viene aderezado con una ilustrativa historia de la figura del muerto viviente en la literatura fantástica dividida en tres partes coincidentes con los tres estadios del zombi antes referidos en los que su autor, el responsable de la edición Jesús Palacios, demuestra ser un buen conocedor del género mostrándose especial (y nada disimuladamente) entusiasta en los dos últimos períodos.
Pero si hemos hablado de las ventajas, notorias y remarcables, también cabe apuntar la existencia de un importante inconveniente: tal vez sea consecuencia del gusto personal de cada uno, pero no creo que las historias de muertos vivientes hayan dado a la literatura fantástica la cantidad de grandes obras que otros personajes le han legado y la lectura de la presente antología no me ha hecho cambiar de opinión. Ciertamente y con la excepción de las aportaciones de Lafcadio Hearn y de H .P. Lovecraft no creo que las demás historias incluidas puedan codearse con los mejores relatos de fantasmas de M. R. James o E.F.
Benson; los cuentos y novelas con monstruosas criaturas marinas de William H. Hodgson, las ficciones de oscuros cultos paganos ideadas por Arthur Machen o las contribuciones del propio Lovecraft al horror cósmico por tan sólo citar algunos nombres.De la presente antología, dejando para más adelante aquellos relatos fuente de inspiración de posteriores largometrajes más o menos celebrados a los que nos referiremos luego, me gustaría resaltar por diversos motivos tres relatos incluidos cada uno de ellos en una de las tres etapas en la evolución del zombi con la que se divide la compilación ofrecida por Valdemar. De la primera relativa al zombi vudú no me resisto a destacar El país que de los que no regresan (1889), del célebre autor de Kwaidan; cuentos fantásticos del Japón (1903) Lafcadio Hearn (1850-1950), irresistible combinación de superstición caribeña y ghost story que hace gala de una ominosa atmósfera dirigida a desembocar en un final no por esperado menos terrorífico. Del período dedicado al zombi pulp hacer mención a La plaga de los muertos vivientes (1927) de A. Hyatt Verrill (1871-1954), más que nada por su delirante argumento centrado en los experimentos de un doctor que en su búsqueda de prolongar indefinidamente la vida humana propicia en una isla caribeña una plaga de inmortales e indestructibles seres caníbales capaces de intercambiar entre ellos diversas partes de su anatomía dando como resultado unas indescriptibles criaturas que en algunos casos pueden recordar a las vistas en La cosa (1982) de John Carpenter y que amenazan con propagarse por todo el mundo. Sin ser literariamente gran cosa merece destacarse por su gozoso sentido del humor fundamentado en su falta de mesura, y porque en él se detectan no pocos esbozos de lo que sería el zombi que hoy triunfa en las taquillas de los cines de todo el mundo. Finalmente de la etapa bautizada con el nombre de el zombi post-Romero hacer mención a Dios salve de la reina de John Skipp y Marc Levinthal, incluida como sus compañeras de período en la recopilación Mondo Zombie (2006); no por su interés literario sino por su afán provocador basado tanto en su punto de partida (un Londres post-apocalíptico invadido por zombis en donde no obstante la familia real británica no ha renunciado a su tradicionales rituales) como sobre todo en su descarnado estilo que mezcla alegremente el gore más desfasado con pasajes de explícito contenido sexual (pederastia incluida) que seguro hará retozar de alegría a los partidarios de este tipo de combinaciones. En todo caso muy representativo de cómo el zombi ha pasado de convertirse a lo largo de los años de un ser sin alma ni autonomía usado como simple peón de obra, más inspirador de compasión que generador de horror, en el miembro más destacado de una compañía circense guiada por el principio del «más difícil todavía».
Los relatos adaptados
Ciertamente más que hablar de adaptación debería hablarse de fuente de inspiración puesto que tanto La legión de los muertos sin alma (1932) como Yo anduve con un zombie (1943) siguen caminos muy distintos a los de los textos de los que supuestamente parten: La isla mágica: un viaje al corazón del vudú (1929) en donde su autor William B. Seabrook (1884-1945) relata (de manera novelada todo hay decirlo) sus vivencias durante su estancia en Haití; y el breve reportaje homónimo de Inez Wallace (1893-1947) publicado en el American Weekly Magazine como primera entrega de una serie de reportajes sensacionalistas sobre el Vudú en Haití como se encarga de recordar Jesús Palacios. De hecho y si la memoria no me falla en el filme de Víctor Halperin ni tan sólo aparece en sus títulos de crédito referencia alguna al texto de Seabrook indicándose solamente que parte de un guión original de Garnett Weston.
Si el capítulo de La isla mágica incluido en la presente antología puede apreciarse como una aproximación entre didáctica y fantasiosa al misterio que envuelve el Vudú y su ritos, haciéndose eco del artículo del Código Penal Haitiano que penaba severamente el uso de sustancias capaces de producir un coma letárgico que podía inducir a pensar que la persona afectada había fallecido realmente, para con ello acercarse a la leyendas relativas a la existencia en la isla
de muertos revividos para ser esclavizados en plantaciones de azúcar, la película de Victor Halperin parte de la referidas leyendas para urdir una historia que iniciándose como si de un folletín se tratara (una pareja de jóvenes americanos a punto de casarse se las tendrán que ver con las maquinaciones de un hacendado de su misma nacionalidad que no dudará de servirse de los conocimientos de magia negra y vudú del personaje que encarna Béla Lugosi para conseguir los favores de la muchacha de la que también está enamorado) pronto deriva en un viaje fantástico a una tierra de leyendas, supersticiones y de muertos vivientes sometidos a la voluntad de aquél que los ha devuelto a la vida, en la que destacan la magnificencia del decorado de la guarida de «Murder» Legendre (Lugosi), situado al borde de un acantilado y deudor de los vistos en muchas producciones fantásticas de la época surgidas de los estudios Universal, perfecto cobijo para cualquier criatura que escapa a las leyes de la naturaleza; así como el empleo de una serie de recursos (inmóvil expresión facial y deambular sonámbulo de los zombis, sobreimpresiones, primeros planos de los hipnóticos ojos de Lugosi o de los movimientos de sus manos con los que obliga a aquellos sometidos a su influjo a realizar sus designios) que vistos hoy a algunos les pueden parecer anticuados pero que son una buena muestra de un fantástico más pendiente de intuiciones que de efectos. Aún mejor resulta Yo anduve con un Zombie dirigido por Jacques Tourneur y producido por Val Lewton para la RKO después de la feliz experiencia que para ambos había supuesto La mujer pantera (1942). Tomando como punto de partida apenas una de las anécdotas relatadas en el reportaje de Inez Wallace, el filme de Tourneur es una perfecta mixtura entre melodrama gótico inspirado levemente en la Jane Eyre de Charlotte Brontë y relato fantástico en el que se juega continuamente con la confrontación entre raciocinio y brujería: hábilmente el cineasta se mueve, como siempre en sus trabajos fantásticos, en el terreno de la ambigüedad, de la incertidumbre, dejando abierta la posibilidad de que Jessica Holland (Christine Holland), la supuesta zombi del relato, sea tanto una enferma aquejada de una dolencia que la convierte en una perpetua sonámbula incapaz de abandonar su estado letárgico, como la víctima de un hechizo vudú o bien realmente una muerta que se pasea entre vivos; y lo hace contraponiendo casi continuamente razón con superstición: a una disquisición científica encaminada a esclarecer el estado de Jessica le sigue un momento en que se muestra como ésta no sangra al ser pinchada con la punta de una espada; a una secuencia desarrollada en los dominios de la lógica (la hacienda donde tiene su residencia el marido de Jessica Paul (Tom Conway) le sigue otra que se adentra en el terreno del más fascinante fantastique (el justamente famoso momento en que la protagonista, la enfermera Betsy Connell (Frances Dee) se dirige con Jessica a una ceremonia vudú que tal vez pueda sacarla de su trance, atravesando en su camino los cañaverales acompañadas en todo momento por un viento que agita sobrenaturalmente la maleza, encontrándose durante su periplo con diversos vestigios de ceremonias vudú que les indican la senda a seguir hasta que se tropiezan con Carrefour, el
guardián zombi del camino, en un instante ya antológico dentro del género). Incluso el desenlace sigue apuntando en la misma dirección: Jessica finalmente ¿morirá/será liberada de su embrujo? al ser atravesada por una flecha que, el que fuera su enamorado Wesley (James Ellison), el medio hermano alcoholizado de Paul, ha arrancado del mascarón de proa que preside el jardín de su hermano y que representa el torso desnudo de San Sebastián, en el mismo instante en que una muñeca que representa a Jessica es acuchillada por uno de los participantes en la ceremonia vudú que se está oficiando, dando lugar a uno de los grandes desenlaces de la historia del fantástico más desaforadamente romántico que muestra a Wesley sumergiéndose en el mar portando en sus brazos el cadáver de Jessica mientras son observados de cerca por el zombi Carrefour. Aunque lejos de los mayores logros de la productora Hammer debidos casi en su totalidad al gran Terence Fisher, The Plague of the Zombies (1966) es una muy agradable muestra del trabajo de equipo que tan buenos resultados dio a la productora británica durante sus años de esplendor. Firmada por el guionista y realizador John Gilling contando con la inestimable colaboración del dream team de la casa (el diseñador de producción Bernard Robinson, el montador de James Needs, el director de fotografía Arthur Grant, el compositor James Bernard o el maquillador Roy Ashton), The Plague of the Zombies es un curioso y bastante logrado intento de la Hammer de trasladar los parámetros del muerto revivido a través de rituales vudú para ser así esclavizado, a los paisajes de la campiña británica empleando para ello la estructura habitual de los populares relatos de vampiros que tan buenos réditos habían dado a la productora. Del mismo modo que en aquellos filmes, aquí también tenemos un pequeño pueblo asolado por las continuas y extrañas muertes de sus habitantes; el misterio será desentrañado por Sir James Forbes (André Morell) un doctor cuyos procesos deductivos no se encuentran muy alejados del caza vampiros Van Helsing; y cómo en aquellas películas la amenaza se ubicará en un caserón regentado por un individuo de porte aristocrático que tiene subyugado al pueblo. Es más, incluso se dan algunas situaciones que bien podrían ser intercambiables con otras presentes en otros productos de temática vampírica de la casa: no falta la visita nocturna a un cementerio que culminará con una aparición sobrenatural o la presencia de dos muchachas, una más bien desvalida que será presa fácil del villano de la función y otra, en cambio, mucho más decidida y temeraria que no obstante al final tendrá que ser rescatada por los protagonistas masculinos.
De impecable factura formal, acaso se echa en falta la presencia de un director más personal tras las cámaras, problema por otra parte habitual en las producciones Hammer no capitaneadas por Fisher; con todo Gilling dejó para la posterioridad una secuencia onírica de resurrección multitudinaria en un cementerio cubierto por la neblina que probablemente debió de permanecer más allá del subconsciente de George A. Romero cuando éste se encontraba preparando famoso primer filme de temática zombi. Cabe añadir que La plaga de los zombies parte de un guión original de Peter Bryan y que la narración incluida en el presente antología es la novelización a cargo de John Burke (1922) de dicho guión para su inclusión en The Second Hammer Horror Film Ómnibus (1967). No hay motivo para asustarse: la adaptación de Burke es brillante y no se limita a recoger las incidencias argumentales de la película sino que también traslada eficazmente al papel su atmósfera.
Finalmente la compilación de relatos objeto de estas líneas también contiene el cuento de H.P. Lovecraft (1890-1937) Herbert West, Reanimador (1922) que como es sabido daría lugar a la en su día muy popular Re-animator (1985) de Stuart Gordon. No nos detendremos mucho en él ya que, al contrario que otros compañeros de antología, Lovecraft es un autor suficientemente conocido por todos los interesados en el género y su narrativa ha sido reeditada no hace mucho en su totalidad por la propia editorial Valdemar. Sólo apuntar que en Herbert West, Reanimador Lovecraft se alejó de sus historias de horror cósmico protagonizadas por indescriptibles criaturas para centrarse en los experimentos progresivamente más atrevidos de un doctor empeñado en desentrañar los misterios de la muerte y volver a la vida a los ya fallecidos. Estructurada en diversos episodios ambientados
durante el primer cuarto de siglo de la centuria pasada y narrada en tercera persona por una estrecho colaborador del doctor West después de que éste haya desaparecido, Herbert West, reanimador no tiene nada que envidiar a obras de la enjundia de El caso de Charles Dexter Ward, El Horror de Dunwich o En las montañas de la locura, entregando al lector algunos pasajes de terror difícilmente olvidables a pesar de que salvo en su tremendo desenlace Lovecraft siempre se muestre escurridizo en su plasmación del horror que significa reencontrarse con la vida prisionero en un cuerpo que ya ha experimentado la muerte. De la película que rodó Stuart Gordon en colaboración con el «temible» Brian Yuzna en tareas de productor tan sólo mencionar que a pesar de que en ella se paseen unos individuos que responden a los nombres del doctor Herbert West o del doctor Haley, o que se desarrolle (en nuestros días y concentrando su acción prácticamente en un único decorado: presupuesto obligaba) en la universidad de Miskatonic en Arkham, o que incluso adquiera protagonismo en el desarrollo del relato una cabeza revivida separada del tronco, nada tiene que ver con el cuento de Lovecraft del que sólo recoge la idea del científico obsesionado con la idea de resucitar a los muertos para emplearla como cebo para poner en pantalla una disparatada y (se dijo) presuntamente divertida exhibición de amputaciones, cuerpos desmembrados, cabezas aplastadas, ojos saltando de sus órbitas y otras atrocidades, contando para ello con la complicidad de unos actores sobreactuados hasta decir basta y de la que apenas se puede resaltar la imagen de la cabeza cercenada del doctor Hill (David Gale) saboreando el cuerpo desnudo y convenientemente inmovilizado de Barbara Crampton. Aunque parezca mentira esta peliculita marco escuela convirtiendo el cine de terror de bajo presupuesto de los años 80 del pasado siglo —salvo honrosas excepciones— en un carnavalesco muestrario de monstruosidades a mayor gloria del maquillador de turno que no se conformaba con inquietar o asustar sino que también debía de ser chistoso, siempre presto al guiño cómplice con el espectador. Algo que el segundo Terminator de James Cameron y los dinosaurios digitales de Steven Spielberg se encargaron de borrar de un plumazo.•Lluís Vilanova |



























Benson; los cuentos y novelas con monstruosas criaturas marinas de William H. Hodgson, las ficciones de oscuros cultos paganos ideadas por Arthur Machen o las contribuciones del propio Lovecraft al horror cósmico por tan sólo citar algunos nombres.

