CONCURSO CINEARCHIVO MARZO-ABRIL 2015: SORTEAMOS BD's DE «LAWLESS» Y «FEDORA», Y LOS LIBROS DE PATRICIA HIGHSMITH
En estreno
 
ESPECIAL BASIL DEARDEN (PARTE II, 1960-1969)
Para la segunda y última parte del Especial que dedicamos en cinearchivo a Basil Dearden y, por ende, al productor Michael Relph, publicamos un total de once análisis de otros tantos films circunscritos a una década tremendamente prolífica para la dupla de cineastas. Una década en la que ambos tomaron riesgos en virtud a dar cabida a historias con temas tabúes para la sociedad británica de ese periodo. Suyas fueron apuestas comprometidas como Víctima (1961), Vida para Ruth (1962), Noche de pesadilla (1962) o A Place to Go (1963), producción esta última que llegaría tarde en relación a los primeros films abordados bajo los parámetros del free cinema. Asimismo, en esta década Relph y Dearden destacarían por la
OSCAR ISAAC, POR PARTIDA DOBLE: «EX MAQUINA» Y «EL AÑO MÁS VIOLENTO»
El pasado 9 de marzo Oscar Isaac cumplía treinta y cinco años. Una celebración que debería ir acompañada por la satisfacción de encadenar un proyecto tras otro, situándolo por derecho propio entre los intérpretes con mayor proyección del cine actual. Si el año pasado pudimos recrearnos en la gran pantalla con dos de sus performances, para A propósito de Llewyn Davis (2013) y Dos días de enero (2014), en apenas una semana de diferencia han llegado a las carteleras de nuestro país otro par de títulos, Ex maquina (2014) y El año más violente (2014), que demuestran una vez más la impronta del actor de origen guatemalteco en el cine del siglo XXI. Dado a conocer en el estado español sobre todo a partir de su papel de Orestes en Ágora (2010), Isaac se muestra conforme a un intérprete de múltiples registros que además de participar en propuestas de medio o bajo presupuesto como las citadas, podremos verle en un futuro cercano en el nuevo episodio fílmico de La guerra de las galaxias y la nueva entrega de la franquicia X-Men. Lo suyo, sin duda, son los grandes desafíos.
47 EDICIÓN FESTIVAL DE CINE FANTÁSTICO DE SITGES 2014
Solemne y puntual a la cita como marca el calendario del mes de octubre —salvo las excepciones de 2004 y 2005, a finales de año—, Sitges se volvió a teñir de rojo, morado y por qué no, de un azul claro que dominaba el cielo poco encapotado de esa semana de auténtico frenesí
IDA (2013)
Anna es una joven novicia que, en la Polonia de 1960, y a punto de tomar sus votos como monja, descubre un oscuro secreto de familia que data de la terrible época de la ocupación nazi. Junto a su tía recién encontrada, iniciarán un viaje en el que ambas se enfrentarán con las consecuencias de su pasado
LA BANDA SONORA DEL MES: «LA TEORÍA DEL TODO» (2014)
La vida de Stephen Hawking representa un material idóneo para la confección de un documental, en virtud de la importancia que han ido cobrando sus trabajos en el campo de la astronomía y de la física en general. Desde hace relativamente poco tiempo, el documental ha sido el espacio creativo que ocuparía al islandés Jóhann
EL LIBRO DEL MES: «JERRY GOLDSMITH: MÚSICA PARA UN CAMALEÓN»
Un camaleón. Es difícil definirlo mejor. Jerry Goldsmith atravesó casi cincuenta años de historia del cine mutando, adaptándose. Pero también marcando el paso, avanzando. Para Goldsmith el drama lo era todo, el personaje, las motivaciones y como traducirlas en la banda sonora. La formación clásica fue el punto de partida. El saber pintar como Velázquez para
DEL LIBRO A LA PANTALLA: «MATEMOS AL TÍO»

Editorial: Impedimenta. 
Autora: Rohan O'Grady.
Fecha de publicación: octubre de 2014.
314 pp. 13,0 x 20,0 cm. Tapa blanda.
Traducción de Raquel Vicedo.

En enero de 2009, en su sexto año de vida la revista mensual The Believer —con domicilio fiscal en San Francisco— publicaría un artículo titulado A Certain Kind of Murder. Su autor, Theo Schell-Lambert, llama la atención sobre lo gratificante de la lectura de Let’s Kill Uncle (1963) en su periodo de adolescente, dejando la puerta abierta a una futura reivindicación del enigmático personaje que dio acomodo a un relato de tonalidades góticas en el contexto de una isla del Pacífico, a principios de los años sesenta. En realidad, se trata de June Skinner (1922-2014), nacida en Vancouver (Canadá), a lo largo de los años sesenta, firmaría sus novelas con el seudónimo de Rohan O’Grady. Una práctica que jugaría en contra de los intereses de la difusión de una obra literaria trenzada algo más tarde de lo habitual, a los cuarenta años, que encuentra en Let’s Kill Uncle el paradigma de un relato acomodado al universo infantil y adolescente donde se infiere una mirada esquiva a los tópicos y a los formulismos recurrentes. A la par que aparecía publicado en papel el texto de Schell-Lambert, la ciudad de donde es oriunda SkiLa escritora June Skinner.nner, a través del rotativo The Vancouver Courier  “promocionaría” a su autora local merced a una serie de escritos fiados a un aliento de reivindicación que pronto tuvo traducción en forma de reimpresión, por parte del sello Bloomsbury, de Let’s Kill Uncle en 2010. Cuatro años más tarde, Impedimenta propiciaría el debut en lengua castellana de la canadiense June Skinner, preservando para la ocasión la portada del ilustrador norteamericano Edward Gorey que ya había sido reproducida en la versión primigenia de 1963. En la misma se observa el detalle de dos niños de cabellera rubia sentados a los lomos de un puma, cuál trofeo. La frondosa vegetación que se sitúa al fondo del “cuadro” advierte el espacio natural donde se desenvuelve la novela Matemos al tío.
No cabe duda que Matemos al tío se sitúa en cabeza del pelotón de novelas afincadas en la descripción de esos mundos infantiles y adolescentes donde se reproducen comportamientos propios de los adultos, allí donde se adivina el embrión de una violencia latente en el ser humano. Let’s Kill Uncle participa, junto a El señor de las moscas (1955) de William Golding, A las nueve, cada noche (1963) de Julian Gloagg o Huracán en Jamaica (1929) de Richard Hughes, en esa concepción que habían tratado de esquivar novelas gestadas en otros siglos, prefiriendo gratificar al lector con una mirada provista de inocencia y candidez para con los sectores más jóvenes de la sociedad. Atributos que prácticamente a las primeras de cambio son dinamitados en una novela de las características de Let’s Kill Uncle, al entrar en contacto el lector con la realidad de Barnaby y Christie. Sabedor que, al cumplir los veintiún años, Barnaby pasaría a ser el único beneficiario de una herencia de diez millones de dólares, se toma la vida a la ligera, sin aplicarse en los estudios y buscando incordiar a sus semejantes con toda clase de triquiñuelas y bromas de dudoso gusto. Christie, en tránsito de olvidar a su figura paterna (un alcohólico irreductible que recuerda de soslayo al Mr. Hook de la novela de Gloagg), deviene el principal apoyo de Barnaby en sus correrías por una pequeña isla que ya no cuenta en su censo con niños. Asimismo, la amenaza que supone el tío para Barnaby —en atención a la fortuna que puede heredar a unos años vista— propicia que Christie redoble la amistad con éste, más que nada al saber que se puede llevar un millón de dólares si colabora en el asesinato de un antiguo combatiente británico, dedicado a su regreso a la vida civil a un perenne ejercicio de equilibrios para mantener a flote su débil economía. Por ello, entiende que la muerte de Barnaby le puede generar la estabilidad económica que lleva tanto tiempo anhelando.
 
La adaptación cinematográfica de Castle: una oportunidad perdida
 
    No escapa a nadie que conozca mínimamente las prestaciones de un director de la solvencia de Roman Polanski, lo acertado de la decisión del productor Robert A. Evans a la hora de escoger al cineasta francopolaco, en detrimento del estadounidense William Castle, para el rodaje de Rosemary’s Baby. Castle había comprado los derechos de la novela de Ira Levin con arreglo a dirigir y producir su adaptación para la gran pantalla. Por fortuna, Polanski leyó de un tirón la novela de Levin y dio su conformidad para llevarla al celuloide siempre que se impusiera su visión sobre el texto. Sin duda, la participación de Castle tras las cámaras hubiera “empobrecido” el resultado final, una intuición que viene reforzada precisamente por su adaptación de la novela de Skinner, Let’s Kill Uncle, librada dos años antes del estreno de La semilla del diablo (1968). El denominado «rey del gimmick» obraría con Let’s Kill Uncle (1966) un trabajo acomodado a un presupuesto bajo y exenta de estrellas de relumbrón. Semejante ecuación arrojaría como resultado final una película sin apenas distribución fuera del circuito angloamericano, diluida en un mar de producciones de mucho mayor fuste indistintamente en su cuadro artístico y/o presupuestario. Un material de las características de Matemos al tío hubiera sido susceptible de formar parte de la compañía Ealing, pero caería en manos inadecuadas, las de un director/productor, eso sí, con buen ojo a la hora de hacerse con los derechos de explotación de diversas novelas. Por consiguiente, gusto literario no le faltaba, aunque Castle incurriría en errores de bulto al armar un relato fílmico carente de la consistencia necesaria desde diversos ángulos, entre otros, en su apartado artístico que razona sobre lo inadecuado de la elección de Mary Badham y Pat Cardi para los papeles de Chrissie y Barnaby, respectivamente. La hermana menor del realizador John Badham en modo alguno transfiere ese sentimiento de maldad que parece adivinarse al calor de la lectura del texto de Skinner, al igual que Cardi para un rol dispuesto a mostrar ese lado oscuro de un chico de unos doce años de edad sometido a la amenaza de un tío (Nigel Green) fiado a la idea de perpetrar un asesinato en la isla donde encuentra cobijo por tiempo limitado.
Let’s Kill Uncle, en su derivada cinematográfica representa, pues, una oportunidad perdida al no haber sido abordada con la exigencia que demandaba la ocasión, truncando así una eventual reivindicación en su época de una pieza literaria que ha visto la luz en lengua castellana medio siglo después de su primera edición en Gran Bretaña. Una vez más, Impedimenta amplía su horizonte de publicaciones con sesgo angloamericano al reparar en esta obra de culto definida desde su elocuente portada, la que trata de ofrecer un botón de muestra de un comportamiento adulto transferido al alma infantil y/o adolescente de Barnaby y Chrissie, motores de un dinamismo que parecía sepultado en el ánimo de una comunidad de lugareños de una isla en que no falta una vieja de temperamento amable Rice-Hoope, el idiota del pueblo Desmond o un ex mando del ejército británico que estuvo confinado en Colditz. Una fauna que, a bote pronto, hubiera dado mucho juego si la Ealing se hubiera inclinado por adaptar Let’s Kill Uncle a la gran pantalla.•
 
Christian Aguilera