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DEL LIBRO A LA PANTALLA: «EL OSO» |
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Editorial: Barataria.
Colección: Bárbaros.
Autor: James Oliver Curwood.
Fecha de publicación: marzo de 2013.
288 pp. 15,5 x 20,0 cm. Tapa blanda
Cerca de cumplirse el centenario de la publicación por primera vez de El rey oso (1916) —The Grizzly King en el original—, el sello Barataria saca al mercado una nueva edición en lengua castellana dentro de su colección Bárbaros. Cierto que existían otras ediciones en nuestro país sobre esta pieza creada por James Oliver Curwood (1878-1927), pero a medida que el nombre de éste se ha ido adentrando en el territorio de los escritores prestos al olvido, el ritmo de obras publicadas sobre su vasto patrimonio literario ha ido decreciendo de manera vertiginosa. La presente publicación de este texto, por tanto, rescata de cara a las nuevas generaciones de lectores un nombre propio de la literatura norteamericana afincado en la confección de novelas de aventuras en que asoma una clara orientación ecologista en el enunciado de las mismas. Ya en el prefacio de El rey oso, Curwood dedica unas líneas a entonar un mea culpa, haciendo evidente su “conversión” de cazador furtivo a devoto amante de un animal como el oso sobre el cuál, según su criterio, se han escrito infinidad de
falsedades. Una novela corta, fechada en 1916, que se suma a otros dos de sus escritos —Kazán, perro lobo (1914) y Baree, hijo de Kazán (1917)— en que un animal deviene uno de los protagonistas de la función literaria, conformando de esta forma una suerte de trilogía. En cualquier caso, una pequeña porción de una producción literaria compuesta por una treintena de obras, la mayoría de las cuales tuvieron traducción en la gran pantalla preferentemente durante la etapa muda, y el periodo comprendido entre principios de los treinta y mediados los cincuenta. A partir de entonces, el cinematógrafo mostraría un interés bastante menor por relatos habitados por un sentido aventurero que se impregnaba entre un amplísimo público lector. De algún modo, Jean-Jacques Annaud, en uno de sus retos profesionales, a la par que personales, fabricaría un film con una trama argumental dramática que llevaría el escueto título de El oso (1988). Descontada una ignota producción de la extinta Unión Soviética rodada en 1987, en los meses previos a la caída del Muro de Berlín, el mundo del cine llevaba veintisiete años de espaldas a la producción literaria de Curwood, pese a la fuerza visual expresada a través del contenido de sus relatos, en su mayoría, en clave de aventuras focalizadas en entornos virginales y salvajes de la parte alta del continente norteamericano. Je an-Jacques Annaud, un nombre en boga tras el extraordinario éxito de la adaptación de la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, “restituiría” el nombre de Curwood para un medio en el que llegaría a participar mediados los años diez y al final de esa misma década, en calidad de productor —Back to God’s Country (1914) y Nomads of the North (1920). Curiosamente, The Grizzly King había permanecido inédita en la gran pantalla y ese sería un aliciente más para que el cineasta francés consignara otra de sus propuestas con arreglo a un presupuesto considerado en su tiempo desorbitado. No había estrellas en su equipo técnico, pero lo que encareció sobremanera la financión fue el largo tiempo invertido para hacer posible lo "imposible" en un universo en el que aún no había enseñado sus garras la era digital de una manera diáfana. Inequivocamente, de haberse rodado El oso lustros más tarde, su coste hubiera sido mucho menor, dejando que las animaciones digitales substituyeran la mayoría de tramos participados por osos y oseznos de verdad.La versión de Annaud y Bach
Habitual colaborador de Roman Polanski, Gérard Brach ligaría varios meses de su agenda profesional al nombre de Jean-Jacques Annaud en la adecuación de un guión, el de L’ous, que trata de amoldarse a un sentido de la dramatización propia
de personas más que de animales salvajes. Por ello, Bach, aún manteniendo el andamiaje narrativo propuesto por Curwood, organizaría el guión eliminando la presencia de otros animales —por ejemplo, el episodio humorístico en el que interviene un puerco espín—, que concurren en el relato original y creando el primer nudo dramático a las primeras de cambio, cuando una osa negra queda sepultada por unas piedras tras hurgar en un panal de abejas. En la novela, antes de que ocurra este accidente que deja huérfano al osezno Muskwa, en primer lugar se introducen los dos personajes que libran un particular duelo a lo largo del relato a través de sendos capítulos. De hecho, puede entenderse El rey oso como una variante de El duelo (1907) de Joseph Conrad, trasladando la acción a entornos virginales de las Montañas Rocosas de Canadá, y cediendo el protagonismo a un oso gris llamado Thor y a un cazador, Jim Langdon, cuya obsesión acaba conviriténdose en una admiración por semejante animal, al que otorga cualidad casi sobrenaturales (de ahí el nombre con el que es bautizado por el propio autor). En sus reflexiones a pie de hoguera mantenidas en compañía del joven Bruce Otto, Langdon parece hablar en boca de Curwood, quien conocía como la palma de su mano los dominios por dónde transitaban esas bestias en permanente peligro de extinción. En esa lectura en clave conradiana del texto —nada extraño si nos atenemos al peso de la influencia del escritor de origen polaco en el cazador de Michigan reciclado a novelista— reposa uno de los mayores placeres al acercarse al contenido del texto de Oliver Curwood, manufacturado con una desenvoltura propia de alguien educado desde bien pequeño en la enseñanza del poder de la palabra. Así sería en el caso de Curwood, el hijo más joven de Frederick Marryat (1792-1848), cuya novela P equeño salvaje se recrearía en la gran pantalla a finales de los cincuenta de la mano de Byron Haskin. Por esas fechas, la sintonía mantenida en el pasado entre el cinematógrafo y la fecunda producción literaria del benjamín de Frederick Marryat había quedado en suspenso hasta que la dupla Annaud-Bach persuadió a productores europeos de la bondad del proyecto de rodar El oso. Los resultados fueron francos a la taquilla y, a renglón seguido, se recobraría el interés por la producción literaria de Curwood y en particular de una de sus novelas más características, cuyo final concuerda con lo propuesto en la pantalla grande por Annaud. Un final al que el realizador galo no podía renunciar dado que se torna en un alegato del amor entre seres destinados a una vida salvaje y en libertad, pero con el yugo que comporta sentirse amenazados por la sombra alargada de los humanos. Del mismo modo que éstos pueden llegar a pronunciarse para con los osos desde un sentimiento de afecto y de ternura, idéntico comportamiento descrito en esta obra que vio publicada a los treinta y ocho años James Oliver Curwood en uno de sus periodos de mayor fertilidad creativa.• Christian Aguilera
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